Villa de Pitanxo, 21 familias unidas en busca de la verdad

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No se conocían, pero la tragedia compartida de 21 vidas segadas no tardó en unirles. Y casi siete meses después de aquel 15 de febrero en el que las frías aguas de Terranova engullesen al buque gallego Villa de Pitanxo, las familias, incombustibles, no decaen en su lucha para «que se conozca la verdad y se haga justicia». Para ello creen indispensable que un robot baje al pecio en busca de elementos que arrojen más luz sobre el naufragio. El Gobierno, por ahora, lo descarta escudándose en dificultades técnicas, pero las familias no se resignan: «El ánimo de que se esclarezca la verdad no nos lo quitan ni a cañonazos».

Uno de los elementos de unión ha sido, sin duda, el haberse sentido menospreciados por partida doble. Por Pedro Sánchez, los ministros del ramo y el delegado de Gobierno en Galicia, a quienes reprochan, además de su resistencia a enviar robots para analizar el caso del barco, la falta de información. Y por la empresa armadora del pesquero, el Grupo Nores, a quien recriminan su «falta de tacto» desde el mismo momento del accidente.

María José de Pazo, hija del maquinista del Villa de Pitanxo, fallecido en el naufragio recuerda en una conversación con ABC que el Grupo Nores no llamó a ninguno de los familiares para informarles del accidente. «Antes, cuando había un naufragio, el armador iba casa por casa avisando a las familias. Ya no pido eso, pero por lo menos que nos llamen por teléfono», lamenta la hija del maquinista.

Pero aquello fue solo el principio. El Villa de Pitanxo llevaba abordo a 24 tripulantes. Solo tres sobrevivieron: el patrón, Juan Padín; su sobrino y tripulante, Eduardo Rial, y el marinero de origen ghanés Samuel Kwensi. Solo los dos primeros pudieron ponerse el traje de supervivencia. Samuel consiguió seguir con vida de milagro. A las familias les chirriaba que el sobrino se hubiera podido salvar, cuando era un marinero raso y no estaba en el puente. El relato de Padín sobre el accidente —que hizo suyo el Grupo Nores— de que el Villa de Pitanxo había quedado a la deriva tras una parada repentina del motor, tampoco les cuadraba. Gota a gota se engordaba la desconfianza de las familias hacia las autoridades y la armadora. Pero, al mismo tiempo, todo esto contribuía a estrechar más los vínculos entre ellas.

Unidos por Whatsapp

Las familias acabaron creando un grupo de Whatsapp en el que intercambian informaciones, pareceres, ánimos e iniciativas. Lo bautizaron como ‘familiares de Pitanxo’, y lo encabezaron con una fotografía que aglutina los retratos formato carné de los 21 fallecidos, sus nombres y la leyenda ‘siempre con vosotros aunque sin vosotros’. En el chat participan padres, hijos, parejas y hermanos de las víctimas del naufragio. Hay hombres, pero la mayoría son mujeres.

Ese grupo refleja la unidad de las familias. Cada una con sus ritmos, a veces con posturas distintas sobre qué hacer en cada momento y también con altibajos después de una tragedia de tal calibre. Son de «tres continentes distintos», recuerda María José do Pazo a este diario, pues en la tripulación había españoles pero también sudamericanos y africanos. «Pero hay un vínculo que no se va a romper nunca. Somos familias que formamos otra familia que trabajamos en aras de la verdad, para que los 21 puedan descansar en paz», reflexiona la hija de maquinista del Pitanxo, portavoz habitual de las familias de las víctimas.

Ese grupo de Whatsapp les ayuda, por supuesto, en su organización, pero también para ser conscientes de que fue una tragedia compartida: «Hemos compartido muchas lágrimas».

Cada familia con sus circunstancias, pero unidos por una causa común. Lo vieron claro cuando, a través de ese chat, los familiares comenzaron a compartir los mensajes que cada uno se había enviado con las víctimas durante su singladura antes del accidente. Por ejemplo, las quejas de los marineros por las condiciones en las que tenían que trabajar, contagiados de Covid y alguno «escupiendo sangre». Las autopsias a los nueve cadáveres encontrados —12 están desaparecidos— desvelaron que siete de ellos tenían coronavirus. «Entonces nos dimos cuenta de que las piezas empezaban a encajar», dicen los familiares.

La causa judicial

No es el único grupo de Whatsapp que tienen, pues abrieron otro en el que solo están los familiares que comparten abogado —que son mayoría—. Será un chat que, sin duda, hervirá a partir de ahora, una vez que la Audiencia Nacional, después de una disputa competencial con los juzgados de Marín (Pontevedra) sobre quién debía instruir el caso, confirmase que iba asumir la investigación del accidente. En la causa está imputado Juan Padín por sus supuestas negligencias abordo. Kwensi contradijo la versión del patrón y del Grupo Nores sobre las circunstancias del accidente, asegurando que lo primero que sucedió fue que se atascó la red de pesca con una gran captura; que el patrón no dio la orden de soltar, y que esto hizo escorar el barco antes de la parada del motor. Por ahora, los informes técnicos parecen corroborar esta versión. Las familias acusan a Padín y al Grupo Nores de «falta de humanidad» por cómo han gestionado el después de la catástrofe. Contra el armador sus reproches se cuentan por docenas. Entre ellos, que no asistieran a los funerales —se limitaron a mandar coronas— y que se atrevieran a ingresarles con el concepto de ‘anticipo de nómina’ el dinero que una entidad donó para las familias.

Se acumulan también sus quejas contra el Gobierno de Pedro Sánchez, con quien todavía no han podido reunirse. Sí les atendió, en cambio, el Papa Francisco, que esta semana les recibió en el Vaticano. Y no se cansan de repetir que seguirán luchando por esclarecer la verdad: «Al menos que sus muertes hayan servido para algo».

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