Serena Williams quiere más: gana a la número dos y se mete en tercera ronda

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Se rio con intención Serena Williams al final de la entrevista en la pista, nada más ganar a Annett Kontaveit y colarse en tercera ronda del último torneo de su vida (7-6, 2-6, 6-2). «¿Te sorprende el nivel que estás mostrando?», le preguntó la extenista Mary-Joe Fernandez. «Soy Serena, ¿sabes?», le dijo tras una sonrisa insolente.

No le faltó razón. Serena fue Serena. Al menos, en varias fases del partido. La jugadora dominante, potente, que ha reinado en buena parte del tenis femenino de este siglo, apareció en la central del US Open para alargar un poco más su despedida.

«Me encanta crecerme ante los retos», dijo una vez se embolsó la victoria y electrificó al público neoyorquino. Y le tocó uno importante: Kontaveit llegaba a Nueva York como la número dos del mundo. Es cierto que es un ránking engañoso para una jugadora que solo ha llegado a cuartos de final de un ‘Grand Slam’. Y que enfrente tenía a alguien acostumbrada a llegar a la segunda semana de los grandes torneos de forma rutinaria durante dos décadas (en toda su carrera, Williams solo ha perdido dos partidos en segunda ronda de un ‘grande’).

Pero Kontaveit tiene ese número por lo bien que ha jugado este año, en especial, en pista dura. Ha ganado en esta superficie cinco torneos en los últimos trece meses y más partidos que nadie en lo que va de año.

Williams, por una vez, no era favorita. Cumplirá 41 años a finales de mes, apenas ha jugado en el último año y ha venido a Nueva York a retirarse. Pero la condición de ‘underdog’, el no favorito, quizá le siente bien. «Veo este torneo como un bonus. No tengo nada que demostrar, nada que ganar y nada que perder», dijo tras el partido, para explicar que no juega sin la presión de tener que ganar desde 1999, cuando ganó en Nueva York su primer ‘Grand Slam’.

En un primer set muy igualado, dio destellos de la grandeza de siempre. Saque dominador, zarpazos de derecha, consistencia desde el fondo. Le costó aprovechar las oportunidades que dejaba una Kontaveit timorata, quizá empequeñecida por la cita con la historia y por un público entregado a la estadounidense. Aplaudían sus dobles faltas, gritaban ‘out’ inexistente en medio de los puntos -en Nueva York no hay jueces de línea, sino un programa de arbitraje electrónico- y se volvían locos cuando una pelota tocaba la cinta y caía del lado equivocado. La manga se decidió en un ‘tie break’ que Serena se llevó con oficio. Júbilo en el graderío.

En el segundo set, Serena pareció descentrarse y Kontaveit se colocó pronto con 3-0. Fue el mejor momento de la estonia, y Williams, quizá con táctica, se dejó llevar hasta perderlo.

En la manga decisiva, la derecha de Kontaveit se agarrotó y mandó un sinfín de pelotas más allá de la línea de fondo. Serena ganó en agresividad. Y, de forma sorprendente, se movía con soltura, sin que los intercambios largos pudieran con ella. Fue también más agresiva, con más golpes ganadores.

Agresiva también sin la raqueta, como siempre lo ha sido. Se cabreó con la jueza por un saque directo, importante, invalidado por tocar la red (ella no lo vio así), gesticuló, gritó, celebró con su esquina.

Tras pasar el escollo de Kontaveit, el cuadro se le abre a Williams. Su próxima rival, Ajla Tomljanovic, es sobre el papel un rival más asequible. Verla en cuarta ronda no estaba en las quinielas. Que llegue hasta el final, se anote su 24º ‘grande’ e iguale a la australiana Margaret Court como la tenista más laureada parece un imposible. Pero Nueva York, rendido a Serena, sigue soñando. El partido contribuyó a batir el récord histórico de asistencia a una sesión de noche del US Open. El viernes, nueva cita con la historia, no se espera menos.

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